• Joselyn en su casa, sosteniendo un cuadro donde están las imágenes de Miguel y Jean Pierre, padre e hijo fallecidos.
  • El rostro de la lucha. Joselyn Traipe, denota la fortaleza con que ha vivido los peores dos meses de su vida, en los que se ha puesto de pie pese al dolor.
  • Joselyn junto a sus dos hijos. El fallecido Jean Pierre de 13 años, y Mery Danae (8) quien continúa postrada en el hospital de La Serena.
  • Felices, como lo fueron la mayor parte del tiempo durante los 18 años de relación, Joselyn junto a Miguel.
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Joselyn Traipe (32), perdió a su esposo Miguel Garrido (39) y a su hijo Jean Pierre Garrido (13) en el accidente provocado por un individuo en estado de ebriedad que impactó el vehículo en el que se trasladaban el pasado 27 de abril en el Puente Zorrilla. Su hija menor, Mery Danae (8) quedó postrada para siempre. Han pasado dos meses de la tragedia y la madre cuenta cómo ha convertido cada muro en un peldaño. Cómo ha sacado fuerzas desde la adversidad, venciendo a la muerte y al destino, todo por su hija, lo único que le queda y por lo que lucha día a día.

Despertó sin saber dónde estaba ni qué había pasado. Cuando abrió los ojos lo primero que vio fue el techo del automóvil aplastado, rozando su cabeza, y sintió los pedazos de vidrio sobre su cara y manos. A su lado, su esposo Miguel, dejando de respirar poco a poco, con los ojos cerrados y las heridas abiertas, tiñendo de rojo todo su cuerpo.

Joselyn bajó del vehículo e intentó ponerse de pie, pero cayó de inmediato. Sus piernas no resistían. Desde el suelo miró alrededor y recién ahí fue consciente de lo ocurrido. Lo primero que hizo fue buscar a sus hijos en la parte trasera del vehículo, y al ver que no estaban la desesperación la invadió. Gritó, gritó fuerte, o al menos eso intentó, pero nadie llegó en su ayuda.

A lo lejos vio los cuerpos de los dos pequeños inmóviles sobre el asfalto. Se arrastró como pudo hacia ellos y en ese intertanto un grupo de desconocidos se acercó para auxiliarla y llamar a la ambulancia. Ella ya había llegado hasta Mery Danae (8) aún con vida, y divisaba muy próximo a Jean Pierre (13), también luchando contra la muerte. Quería ayudarlos, pero no sabía cómo y la gente le decía que no los tocara, que esperara a los profesionales. No obedeció, y no se arrepiente.

“Lo único que quería era que me dejaran salir del hospital. Estaba desesperada, preguntaba y preguntaba por mis hijos y mi marido, pero nadie me decía nada. Un enfermero me dijo que los estaban estabilizando, pero eso no me dejó tranquila. Recién cuando vinieron a verme me informaron que Miguel había fallecido y eso marcó el comienzo de todo el sufrimiento”.

Sólo cuando llegó el Samu, se separó de sus hijos. La ingresaron a la ambulancia para calmarla, y después la llevaron hasta el servicio de Urgencia del Hospital San Juan de Dios de La Serena, donde no supo nada más hasta que una amiga cercana fue a verla y le contó lo que había pasado. Un hombre a bordo de una camioneta, a exceso de velocidad y completamente ebrio provocó el accidente en el que esposo finalmente había fallecido y sus hijos dos hijos quedaron graves. Hasta ese momento, era la noticia más triste de su vida, pero el destino se había ensañado y lo peor todavía estaba por venir.   

 

Golpe tras golpe, el adiós a Jean Pierre

“Lo único que quería era que me dejaran salir del hospital. Estaba desesperada, preguntaba y preguntaba por mis hijos y mi marido, pero nadie me decía nada. Un enfermero me dijo que los estaban estabilizando, pero eso no me dejó tranquila. Recién cuando vinieron a verme me informaron que Miguel había fallecido y eso marcó el comienzo de todo el sufrimiento que he tenido que vivir durante estos dos meses”, cuenta Joselyn Traipe, en medio del silencio, en su casa en Las Compañías, donde hasta hace poco –dos meses- reinaba la alegría.

Quiso contar su historia, “aunque duela en los más profundo”, para que la gente sepa de verdad lo que pasó, y “para crear conciencia sobre el daño que puede provocar la irresponsabilidad de una persona”.

Un riguroso negro tiñe su atuendo. Lleva el luto por dentro y por fuera. “Lo llevaré para siempre”, dice, y prosigue con su relato, marcado por la tragedia, pero también por su fortaleza.

“Cuando me dijeron que ella podía escuchar, para mí fue como un pequeño renacer, supe que no me podía dar por vencida y que tenía que luchar por ella. Sacarla adelante”.

Nadie imaginó que ese mismo día, tan sólo horas después, Joselyn estaría en pie. Pudieron más las ganas de ver a sus hijos internados en Coquimbo que sus propias lesiones. Se trasladó al recinto porteño, y ahí estuvo hasta las 22:00 horas, cuando vino el nuevo golpe, el que pensó, terminaría por devastarla y que de hecho, al menos ese día, la hizo sucumbir. Jean Pierre, su hijo mayor también perdió la vida. “Cuando entré a verlo, los doctores me dijeron de inmediato que estaba con una muerte cerebral, que no había nada que pudieran hacer. Desde ese momento que tengo recuerdo un poco difusos, como que me borré”, recuerda.

Pero no olvida la “poca sutileza” que tuvieron los médicos. Sin reparar en su dolor, dos profesionales se acercaron con una carpeta, lápiz y papel, para convencerla de que firmara para donar los órganos del pequeño. “No pude firmar nada. Fueron demasiado bruscos, así que no dije nada. No quería más dolor”.

 

Renaciendo de las cenizas

Este tiempo no ha sido fácil. Joselyn confiesa que si no fuera por la ayuda de su madre y la de su psicóloga en su minuto, se habría quitado la vida, pero recapacitó, entendió que una cometa se eleva más alto contra el viento y que cada muro puede convertirse en un peldaño. Situó todas sus fuerzas en su hija, Mery Danae, quien no podría vivir sin ella. La pequeña quedó postrada, en estado de coma, y los únicos avances que ha tenido hasta ahora, han sido pequeños movimientos de sus ojos. Pero la madre se aferra a un milagro. “Cuando me dijeron que ella podía escuchar, para mí fue como un pequeño renacer, supe que no me podía dar por vencida y que tenía que luchar por ella. Sacarla adelante. Y hoy ella es mi vida. Por ella vivo y por ella muero”, cuenta Joselyn, quien no puede contener las lágrimas. Se quiebra, por unos instantes, pero su fe renace desde la nada, desde ese vacío que hoy llena con recuerdos y esperanzas.

 

La lucha de Mery Danae

La mañana de aquel fatal 27 de abril, la más contenta por salir era Mery Danae. Hoy ya no puede moverse, pero durante toda su vida no paró de bailar. Practicaba danza y corría todo el día por la casa escuchando música y hablando de último paso que había aprendido. No daba lugar para silencios, ni para tristezas, y si en algún momento llegaban, su alegría era tan grande que las ahuyentaba.

“No concibo que alguien que le destruyó una familia, que le quitó la vida a dos personas y dejó a mi hija postrada, pueda salir libre, o le den un par de años”.

Hoy su madre le devuelve la mano por todos esos buenos momentos, y también por darle un motivo para seguir luchando. Hasta hace una semana Joselyn se levantó todos los días a las 07:00 am para salir desde Las Compañías hacia el hospital de Coquimbo donde su hija estuvo internada. Allí, junto a los médicos le prestó los cuidados que requería y aprendió a realizar junto a ella los ejercicios para que no fuese perdiendo movilidad.

Las cosas se han facilitado un poco, luego que la trasladaran al recinto de La Serena, pero ha surgido una nueva dificultad. Desde el hospital le están pidiendo que se la lleve a su casa, ya que no pueden hacer nada más por ella y “está ocupando una cama”. Lamentablemente, Joselyn todavía no cuenta con los recursos para esa hospitalización domiciliaria, puesto que debe readecuar la casa a las condiciones de la pequeña que no puede moverse, y contar con una serie insumos que no está en condiciones de comprar, entre ellos, una cama especial y un aparato para darle el oxígeno. “Es muy difícil solventar eso económicamente. Tengo que remodelar la casa. Las piezas están en el segundo piso, pero ahora ella no puede subir, así que tengo que convertir la cocina en su nueva pieza. Algo que me va a tomar más tiempo”, dice, con preocupación, pero convencida de que los milagros existen y de que su hija “es un ángel que me regalará uno, me regalará el milagro más grande y saldremos adelante”, remarca.

 

Las moralejas de Jean Pierre

Jean Pierre Garrido era un niño especial. El cariño que le tenían en el establecimiento donde estudiaba, el Liceo Gregorio Cordovez, quedó demostrado con los homenajes que le hicieron tras su fallecimiento.

Aquello no era casualidad. Un adolescente atípico, pero sumamente amistoso. No le gustaba el reggaetón ni salir a fiestas como a la mayoría de los niños de su edad. Su vida eran las letras.

Decenas de cuadernos con poemas, canciones o simplemente pensamientos, colmaban su habitación, junto a sus libros y su música, principalmente rock. “Yo creo que él era un elegido de Dios. Las cosas que escribía no eran acorde a un niño de su edad. A veces hacía reflexiones que a uno la descolocaban, pero ahora entiendo que él definitivamente era un ser mágico, un ser de luz”.

Tenía planes. Jean Pierre estaba preparando un trabajo poético, para presentar en un concurso en su liceo. Los escritos quedaron inconclusos, como su vida, pero el legado que dejó en quienes lo conocieron continuará por siempre. “Eso es algo que me deja tranquila, nadie se olvidará tan fácil de mi niño”, relata Joselyn, mientras una sonrisa leve se asoma en su rostro, y hojea uno de los preciados cuadernos de su pequeño poeta.

 

La historia de amor

Fueron 18 años de amor que se derrumbaron en un instante. Joselyn Traipe (32) y Miguel Garrido (39) se conocieron en su natal Lautaro, Provincia de Cautín en la Región de la Araucanía. Ella era una joven de 14 años, y él, algo mayor, a punta de entereza y amor propio logró conquistarla, y comenzaron esta historia que pese a su trágico final, estuvo llena de momentos felices. “Primero fuimos amigos, pero después coincidimos en Santiago donde empezamos a pololear y después a convivir”, cuenta Joselyn.

Enfrentaron su primera dificultad al poco tiempo de estar juntos. La mujer quedó embarazada, pero lamentablemente el bebé, al que iban a llamar José Miguel, no alcanzó a nacer. Tuvo una pérdida que los afectó demasiado, pero como un milagro llegó Jean Pierre, y después Mery Danae. Lograron conformar la familia que tanto soñaban.

A La Serena llegaron hace 11 años, en busca de un mejor pasar, el que consiguieron. Miguel tenía un trabajo estable en la línea 39 de colectivos, como conductor, y Joselyn era peluquera en las diferentes ferias que se forman en Las Compañías, cuatro veces  por semana, y los días sábados en Tierras Blancas. De hecho, esa fue la fatal ruta final. El día del accidente, como de costumbre los fines de semana, los cuatro se levantaron temprano, para acompañar a Joselyn a su trabajo en Coquimbo. Los niños no podían quedarse solos en casa, por lo que estarían con ella mientras trabajaba. Miguel, por su parte, la iría a recoger a la hora de almuerzo para dejarlos a todos en casa y salir a su turno de tarde en la línea de colectivos. El plan no se pudo concretar aquel día, y todo acabó de golpe en el Puente Zorrilla.

 

La lucha no acaba

“Cada vez que llego a mi casa y la siento tan vacía, lloro, pero me levanto”, dice Joselyn, con una mezcla de sentimientos evidente. Paradojalmente, en ese mismo instante el perro de la familia, Spike, entra en escena, feliz, rompiendo la monotonía y robándole una sonrisa a la madre. “Él también lo pasó mal. Adelgazó mucho y estuvo triste. Claramente se dio cuenta de que la casa no era lo mismo, cuando sentía llegar a mi marido o a los niños se volvía loco, pero ya no están más”, cuenta Joselyn Traipe.

Su lucha no ha terminado. A la hora de pensar en una condena para la persona que provocó el accidente es categórica. Para ella la única opción es la cadena perpetua. “No concibo que alguien que le destruyó una familia, que le quitó la vida a dos personas y dejó a mi hija postrada, pueda salir libre, o le den un par de años. Por eso me voy a seguir manifestando, llamando a movilizaciones, porque hay mucha gente que me apoya en esta causa”, aseveró, mientras Spike descansa en su regazo.

Prefiere no pensar en el futuro y vivir el día a día. “Sé que no la tengo fácil, por eso prefiero no calentarme la cabeza, e ir saliendo adelante en una lucha diaria”, dice.

Por lo pronto, la prioridad es su hija Mery Danae, que se rehabilite, poder llevarla a la Teletón y que tenga una vida mejor. Por ello seguirá en pie, aunque a veces, tal como la primera vez en que salió del colectivo el día del accidente, cueste mantenerse. “Quiero quedarme con las moralejas que me decía Jean Pierre, en el seno de las desgracias debo revivir, con cada golpe, y hacerme más fuerte”, expresa, con firmeza, porque así se muestra, pese a al dolor, asegura, se mantendrá implacable. La vida no puede quitarle más. 

CONTINUARÁ ALZANDO LA VOZ

Joselyn no callará. Ya tuvo la primera manifestación el pasado lunes 24 de junio y prepara más movilizaciones masivas para hacer saber a la comunidad que está exigiendo justicia por su familia y que ninguna otra deba enfrentar lo que a ella le ha tocado vivir. Por lo pronto, el 10 de julio está prevista otra marcha, el día 26 una velatón en la Plaza de Armas, y al día siguiente una nueva manifestación conmemorando el tercer mes desde aquel fatídico día del accidente.

 

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