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Un hombre que le cantaba al amor

Tengo la impresión de que el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que los Beatles empezaron a cantar. Todo cambió entonces. Los hombres se dejaron crecer el cabello y la barba, las mujeres aprendieron a desnudarse con naturalidad, cambió el modo de vestir y de amar, y se inició la liberación del sexo y de otras drogas para soñar. Fueron los años fragorosos de la guerra de Vietnam y la rebelión universitaria.

El símbolo de todo esto -como líder de los Beatles- era John Lennon. Su muerte absurda nos dejó un mundo distinto poblado de nostalgias. O de una nostalgia común que cruza tres generaciones. Emilio García Riera -crítico e historiador de cine y con una lucidez poco común- solía decir: “Oigo a los Beatles con un cierto miedo, porque siento que me voy a acordar de ellos por todo el resto de mi vida”. Tenía la suficiente clarividencia para darse cuenta de que estaba viviendo el nacimiento de sus nostalgias.

Gabriel García Márquez dijo alguna vez que la nostalgia empieza por la música, y que nuestro pasado personal se aleja de nosotros desde el momento en que nacemos, pero sólo lo sentimos pasar cuando se acaba un disco. Temas como “Lucy in the sky”, “Eleanor rugby”, “Help”, “Imagine” o “Woman” nos dan la seguridad de que la victoria final será de la poesía.

En un mundo en que los vencedores son siempre los que pegan más fuerte, los que sacan más votos, los que meten más goles, los hombres más ricos y las mujeres más bellas, es alentadora la conmoción que causó en 1980 la muerte de un hombre que no había hecho nada más que cantarle al amor, un visionario de un mundo mejor, alguien que nos hizo comprender que los viejos no somos los que tenemos muchos años, sino los que se subieron a tiempo en el tren de sus hijos.

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