Prensa y democracia

El jueves pasado se conoció el fallo definitivo de la Corte Suprema que condenó al periodista Italo Passalacqua a pagar una indemnización de siete millones de pesos por “difamación”.

El fallo condenó la difusión de información falsa que, “obtenida de manera dolosa, causa daño a una persona particular”. Se cerró así el proceso iniciado a raíz de unos dichos sobre la presunta homosexualidad del hermano de Felipe Camiroaga vertidos en el programa SQP en 2008.

Esa misma mañana se produjo una fuerte explosión en las instalaciones del diario This Day en Abuya, capital de Nigeria. Otro ataque suicida afectó simultáneamente sus oficinas en Kaduna. En total se registraron seis muertos y un número indeterminado de heridos. El grupo islámico Boko Haram reivindicó las acciones. Sostuvo que se quería enviar un mensaje a los medios porque no aceptan que los representen de manera errada o les acusen de hechos que no son de su responsabilidad.

Como todo ocurrió cuando faltaba menos de una semana para la celebración del Día Internacional de la Libertad de Prensa, el 3 de mayo, se podría pensar que son dos caras de lo mismo. No es así. En realidad, son dos monedas distintas: Una representa el periodismo que entrega informaciones no verificadas, pero que dan “rating”; la otra da cuenta de los riesgos permanentes que corren periodistas y medios en el cumplimiento de su deber.

La celebración del Día de la Libertad de Prensa la estableció en 1993 la ONU por iniciativa de la Unesco. Su objetivo es “fomentar la libertad de prensa en el mundo al reconocer que una prensa libre, pluralista e independiente es un componente esencial de toda sociedad democrática”.

Comentarios

En Chile, enormes consorcios financieros dirigidos por empresarios de derecha tienen en sus manos el oligopolio de la prensa escrita, 100% de los canales de televisión y casi el total de radioemisoras; varios son extranjeros.
Los medios de comunicación masiva están en manos de un sector político y económico: hay “un compromiso político-ideológico de las empresas de los medios con la derecha política del país”.
El salvataje que le dio el Estado al final de la dictadura, por medio de personeros muy interesados en que el poder de la prensa quedara en manos amigas, a las dos cadenas que copan el mercado: El Mercurio y Copesa.

Ambas, gracias a la censura impuesta por la dictadura, no tuvieron competidores por años, pero contrajeron grandes deudas modernizando sus instalaciones y sus procesos. Para la crisis del 82, las deudas de Edwards llegaban a 100 millones de dólares. Y mientras cientos de empresas quebraban, el régimen salvaba a El Mercurio entregándole 53 millones de dólares en créditos a través del Banco del Estado. Muy importante en esta y en las transacas que vinieron -traspaso de acciones de El Mercurio S.A.P. al Banco del Estado, renegociación de la deuda a quince años con intereses excepcionalmente bajos, opción de matar deudas, “permutas” de créditos e importantes inversiones del Estado en publicidad para el decano- fue Jovino Novoa, quien al salir de la Subsecretaría General de Gobierno llegó como editor general de informaciones a El Mercurio y trabajó con Edwards para sanear las platas.

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